Bueno, después de haber dejado pasar siglos sin escribir, retomo este ejercicio. Claro está que no se trata de textos llenos de mil y una referencias; como bien lo dice el título de mi blog, lo manejaré de forma informal.
En fin, el 19 de mayo de 2009 escribí una entrada titulada “¿Y cómo fue que…?”, en la cual contaba cómo fue que terminé estudiando la licenciatura en Bibliotecología. Si bien lo que más aprendí fue a catalogar y clasificar libros, jamás en la vida me imaginé terminar trabajando en una biblioteca tan especializada como la Biblioteca Cuicamatini de la Facultad de Música.
Mi llegada a esta dependencia de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) fue, por así decirlo, un conjunto de casualidades. Pero por una cosa u otra, y sin estarlo buscando, me llegó un recado.
Resulta que, casualmente, dos de mis compañeros de carrera estaban realizando una investigación sobre bibliotecas especializadas; sí, la de la Escuela Nacional de Música, hoy Facultad de Música. Ellos me preguntaron si conocía a una profesora que me había enviado un mensaje. Si mi memoria no me falla, decía algo así:
“Consuelo, está libre una plaza de Técnico Académico. Me interesa que tú la ocupes, por favor repórtate”.
Yo ya estaba en el último semestre de la carrera y no tenía idea de qué iba a hacer al terminar. En ese momento prefería no pensar demasiado, porque en verdad lo único que deseaba era salir, si no con un promedio de 10, al menos con uno que me dejara satisfecha.
Y pues ahí voy a dar: una biblioteca aparentemente con acervos comunes —libros, tesis, revistas…—
oh, oh… partituras.
Afortunadamente, durante la licenciatura tuve la fortuna de contar con un profesor que nos decía: recuerden que todo es factible de catalogarse; todo documento es susceptible de registrarse y documentarse. Esa frase se me quedó muy grabada.
Actualmente tengo 23 años trabajando en esta dependencia, y las cosas han ido avanzando. Contamos con dos bases de datos de partituras: Euterpe y Música Mexicana. La cantidad de información que manejamos… ¡uff! Nunca imaginé que fuera tanta. Tenemos aproximadamente 19 mil títulos en partituras. Ha sido un camino largo, lleno de aprendizajes, sobre todo para entender y manejar las particularidades de este tipo de material.
Llámeme loca, pero a veces me toca trabajar con materiales cuyos índices o tablas de contenido son enormes. Y aun así, como le decía a una amiga, esto es como buscar el cofre del pirata. La adrenalina que provoca rastrear el dato del compositor, verificar si existe información adicional, afinar las palabras clave para una mejor recuperación en la base de datos, etcétera… no tiene comparación.
Pero lo más satisfactorio para mí es ver la cara de gusto de alguna persona usuaria cuando logra dar con el título que necesitaba. En esos momentos es cuando me digo: valió la pena todo el tiempo dedicado.
Creo firmemente que la mejor manera de demostrar que la “chamba” se ha hecho bien no es quién lleve la organización del acervo, sino que este se mantenga recuperable. Que esté quien esté, el material pueda localizarse. Bueno, tampoco crean que hacemos milagros: siempre existe el riesgo de que algo no se acomode en su lugar, esté prestado o que alguien, intencionalmente, lo coloque donde solo esa persona sabe encontrarlo. Esas son variables que no siempre se pueden controlar.
Y ahora vienen retos nuevos. Después de tantos años trabajando con dos bases de datos, se nos propone que, sin importar si el compositor es extranjero o mexicano, todo se concentre en una sola base de datos, que además integrará acervos de otras bibliotecas pertenecientes a la UNAM. Pero eso no es todo: ya no se trabajará con las reglas que conocíamos. La innovación nos alcanzó y ahora toca usar RDA, una nueva normativa que implica ser mucho más específicos en la descripción del material. Y, para rematar, nuestra base de datos será tomada como modelo… valga la “rebuznancia”.
Quien diga que la bibliotecología —y sobre todo la catalogación— es aburrida, es porque no sabe lo que es bueno. Tiene su chiste: se necesita paciencia, ganas de aprender y, sobre todo, mente abierta.
También he tenido la fortuna de contar con el apoyo de chicos y chicas de servicio social del área de música. Esa es otra experiencia sumamente enriquecedora: convivir con jóvenes con actitud de aprendizaje, verlos sorprenderse por cosas que una ya da por sentadas, ayuda a mirar el trabajo con ojos nuevos.
En conclusión, me encanta mi trabajo. Próximamente les contaré con qué otros materiales he aprendido a trabajar. No sé si podría considerarme trabajólica; yo digo que no, porque procuro tener vida social. Pero de que me encanta ver cómo se van acomodando las cosas, cómo se facilita el acceso al material, o recordar cuando nos tocó organizar una serie de cajas de donación que estaban en fondo reservado… de eso no tengo duda.
Pero ocmo dijo la Nana Goya: Eso, es otra historia, y ya se las ontare, en otra ocasión, que no haya necesidad de desvelarme tanto.
Dulces sueños.
Amadis Cello


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