sábado, 15 de agosto de 2026

El día de descanso que terminó en media jornada laboral

 


Bueno, ¿por dónde empiezo?

Esta semana terminé realmente agotada. He estado revisando todo lo relacionado con la actualización y retroalimentación de la base de datos local de tesis y, entre una cosa y otra, sentía que el trabajo no terminaba nunca. Para rematar, el lunes tuve consulta con el oftalmólogo y el viernes con el reumatólogo. Mi semana laboral se redujo, pero el estrés, curiosamente, no entendió que debía hacer lo mismo.

Y es que me había comprometido a enviar la actualización de un proyecto que estoy presentando para integrar, en una sola base de datos, todos los trabajos de titulación que la Facultad de Música conserva en físico, además de aquellos cuyos autores únicamente dejaron registrada su obra en TESIUNAM. Así que, entre revisar registros, comparar información y tratar de avanzar con el proyecto, terminé la semana con la sensación de que necesitaba vacaciones de las vacaciones.

Por eso se lo dije a mi esposa: el sábado no iba a trabajar. Sólo me pondría a lavar la ropa para relajarme y terminaría, por correo, un trámite para darme de alta en el sistema que me permitiría obtener, como cortesía, tres estudios clínicos que necesito entregar a la reumatóloga.

El plan era sencillo. Nada de computadora, nada de proyectos, nada de bases de datos.

Ajá.

Ingenua de mí, yo creyendo que sólo haría eso.

El sábado me levanté a buena hora, dispuesta a cumplir religiosamente con mi pequeño plan de descanso. Pero traía un cargo de conciencia. La Coordinación nos había pedido que enviáramos nuestras necesidades de cursos e insumos para considerarlas en la proyección del presupuesto de 2027 y yo no había alcanzado a contestar el archivo de Excel.

Y ahí apareció esa vocecita incómoda que me decía: “Tenemos la oportunidad de expresar qué necesitamos para trabajar y no lo estamos haciendo.”

No quería quedarme con esa sensación. Porque una cosa es que pidamos algo y finalmente no se autorice, y otra muy distinta es que después digamos que algo nos hacía falta cuando ni siquiera dejamos constancia de haberlo solicitado.

Así que bajé la computadora.

Mi intención era pensar rápidamente qué cursos podrían ser interesantes para 2027 y cuáles serían los insumos más necesarios para los proyectos que estamos preparando. Pero, como suele sucederme cuando tengo demasiadas cosas en la cabeza y no sé por dónde empezar, me puse a divagar. Pasaba de una idea a otra, pensaba en cursos, en materiales, en proyectos... y no terminaba de concretar nada.

Hasta que me dije:

Gobiénate, muchacha. Pon orden.

Y eso hice.

Primero terminé de poner en enjuague la ropa que estaba en la lavadora. Después pedí los líquidos de limpieza que necesitábamos para la quincena y envié la documentación que me habían solicitado para poder tramitar la cita de mis estudios.

Una cosa menos. Otra cosa menos. Otra más.

Y entonces sí, me puse con las necesidades de los proyectos. Consulté aquí y allá, revisé información, pedí ayuda a la inteligencia artificial para darle forma a la redacción de mis solicitudes, leí, corregí, agregué, quité... y poco a poco fui poniendo orden también en eso.

Hasta que sonó mi celular.

“Consuelo, no puedo entrar a MediciTV.”

Miren, lo más fácil habría sido contestar: “Es fin de semana, profesora; seguramente el proveedor no nos hará caso hasta el lunes.”

Pero mi experiencia de casi treinta y cinco años en la biblioteca de la Facultad de Música me ha enseñado que, cuando una base de datos no funciona, más vale averiguar qué está pasando.

Y no, no soy experta en programación. Soy una humilde bibliotecóloga que, a lo largo de los años, ha aprendido a convivir con bases de datos, plataformas, proveedores y esas pequeñas cosas que de pronto dejan de funcionar justo cuando alguien las necesita.

Así que le dije que, si quería, podíamos hacer una sesión por Zoom para revisar cuál era el problema.

Y lo hicimos.

Al final descubrimos que el servicio estaba caído. No pudimos hacer mucho más que reportarlo, aunque el representante comercial nos apoyó y tomó nota del incidente. El problema es que el control de la plataforma está en España, así que sólo quedó esperar. Con un poco de suerte, el lunes todo estaría funcionando nuevamente.

Y ahí volví a pensar en algo que he aprendido con los años: si no identificamos y reportamos los pequeños problemas de una base de datos que adquirimos, difícilmente podremos ayudar a que ese recurso mejore.

Porque sí, muchas veces las empresas nos ofrecen las perlas de la virgen. Las plataformas se ven maravillosas, completas y llenas de posibilidades cuando las presentan. Pero una cosa es lo que vemos en una demostración y otra muy distinta es lo que ocurre cuando empiezan a utilizarlas quienes realmente las necesitan.

Y los usuarios también tenemos una responsabilidad.

Si algo no funciona, hay que decirlo. Si falta algo, hay que reportarlo. Si encontramos una dificultad que se repite, hay que hacerla llegar a quien corresponde.

Recuerdo que hace algunas décadas descubrimos que algunas de las bases de datos locales de la Biblioteca se “apagaban” a las ocho de la noche y durante los fines de semana porque, según se nos decía, la Biblioteca no daba servicio en esos horarios.

El argumento parecía lógico... hasta que preguntamos: ¿y nuestros usuarios?

Muchos estudiantes y docentes podían tener tiempo para consultar las bases precisamente por la noche o durante el fin de semana. Y, además, al estar disponibles en línea, teníamos usuarios fuera de México que podían consultarlas en horarios completamente distintos.

Después de insistir, conseguimos que dejaran de apagarlas y que únicamente se interrumpiera el servicio durante el tiempo necesario para actualizar contenidos.

Algo parecido ocurrió con una base de datos especializada en música que descubrimos que algunos proveedores apagaban durante las vacaciones de verano e invierno. Fue una profesora quien detectó el problema y lo reportó. Gracias a ello, el proveedor tuvo que mantener la base disponible también durante esos periodos.

Por eso no me gusta la idea de pensar: “Para qué voy a pedirlo, si de todos modos no me lo van a comprar” o “Para qué voy a reportarlo, si seguramente hasta el lunes lo revisan.”

Puede que no nos compren lo que solicitamos. Puede que el problema no se resuelva inmediatamente. Pero si no lo pedimos, no podemos decir que lo necesitamos. Y si no lo reportamos, tampoco podemos esperar que el producto mejore.

Así que aquel sábado que había comenzado con la firme intención de lavar ropa, terminar un trámite médico y relajarme terminó con una solicitud de insumos, una licencia de software, una revisión de necesidades para los proyectos y una sesión de Zoom para reportar una falla en una base de datos.

Media jornada laboral, más o menos.

Y yo que había prometido no trabajar.

Estaba a punto de volver a dejar de lado el blog. Pensaba que quizá ya no tenía tiempo para escribir y que, después de todo, había sido un pasatiempo que podía quedarse ahí, esperando.

Pero entonces recordé una frase que vi hace poco en Facebook: “Lo mejor de la escritura es que cura el alma.”


No sé si la escritura cure el alma. A mí, por lo menos, me ayuda a que no se me alboroten tanto los pensamientos en la cabeza.

Y quizá eso sea suficiente.

Porque, después de una semana agotadora y un sábado que terminó siendo media jornada laboral, sentarme a contar todo esto también es una manera de poner un poco de orden.

Aunque sea en el papel.

Y bueno... mañana sí descanso.

Creo. 
Amadis

domingo, 9 de agosto de 2026

Donde hubo fuego, cenizas quedan… y donde hubo blog, también quedan historias



Y yo agregarìa: "No hay peor lucha que la que no se hace".

Nuevamente estoy en este espacio. Y, para ser muy sincera, esto es más un ejercicio para acostumbrarme a escribir. No me malinterpreten: sí sé escribir, pero me cuesta saber si lo que escribo queda entendible o si simplemente terminó siendo un escrito a lo cantinfleado.

Así que, a manera de inicio de esta nueva etapa, empezaré por contarles cómo surgió este blog y cuál es su objetivo.

Si bien el título del blog ya dice mucho —Anécdotas—, no necesariamente serán anécdotas de bibliotecología, de bibliotecas o de organización del conocimiento. Me considero una persona a la que todavía le falta mucho por aprender, así que seguramente encontrarán aquí algunas experiencias de mi trabajo, quizás de mi vida misma, o reflexiones sobre algún tema que de repente me brinque.

Y, aprovechando que no veo quién lee, pues no me ganará el nervio de pensar qué van a decir.

Aunque, si alguien llega a leer mi blog —sin tema, ¿eh?—, puede opinar. Siempre con respeto y con la intención de externar su postura. Aquí a nadie se le va a cambiar la manera de pensar. Jajajaja. Como si fueran a leerme miles y miles de personas.

Pero digamos que esta es una de mis reglas de oro: se vale opinar, siempre con respeto. Cada quien puede externar su postura sin que eso signifique que va a convencer al otro de pensar igual. Y creo que eso es precisamente lo rico de interactuar: escuchar otras opiniones puede ampliar nuestra visión sobre un mismo caso.

¿Y cómo surgió este blog?

Bueno, consultando con internet, me encontré con que los blogs ya tienen alrededor de 30 años de existir y que sus fines pueden ser muy diversos: desde compartir artículos científicos —los pocos, porque no todos son para eso—, artículos relacionados con alguna empresa, hasta utilizarlos simplemente como una especie de diario. Este último es, más o menos, mi caso.

Este blog lo empecé a usar en 2008. O sea, ya llovió, granizó y hasta se secó.

Comenzó como un experimento. En ese entonces, mi jefe de aquel tiempo abrió un blog para escribir artículos relacionados con la biblioteca y a mí se me ocurrió hacer uno propio.

Así que el 15 de enero de 2008 hice mi primera publicación: subí dos videos de YouTube de dos canciones que me llamaban la atención: “Ay de la Noche”, cantada por Anabantha, y “El baile del Gavilán”, interpretada por Los Chicos de Barrio.

Sí. Así empezó todo.

Después de eso lo dejé por la paz y fue hasta mayo de 2009 cuando me volví a animar a escribir algo. En realidad, solamente escribí de mi ronco pecho un artículo titulado “¿Y cómo fue que…?”.

Lo demás fueron cosas que me gustaba compartir de otras plataformas: videos, cosas que encontraba, cosas que me llamaban la atención y, aparentemente, algunas otras sin mucho sentido.

Supongo que tuvo mucho que ver con pensar: “Ni quien te lea y, de paso, ni quien te entienda”.

Ya sé, ya sé… suena bien azotado, pero siempre he creído que quien escribe es muy valiente, porque ponerse a la vista de otras personas implica exponerse a la crítica. Algunas críticas pueden ser muy buenas y ayudarnos a crecer; otras, en cambio, pueden ser malintencionadas.

Y no sé si ustedes lo han notado, pero cada vez veo más personas que, escudándose en las redes sociales, tienden a ser muy tóxicas y destructivas.

Pero bueno, mejor regreso al blog antes de que me vaya por otro lado.

Un recorrido por mis propios recuerdos

Fíjense que me está gustando este recorrido por mi blog.

Si bien llegué a compartir cómo había estado el tema de mi trabajo, descubrí que el 27 de marzo publiqué un video que armé durante un periodo en el que estuve de incapacidad por mis ojos. 

Lo hice con un programa de Windows, utilizando fotografías de algunas de las amistades con las que convivía en ese tiempo. De fondo musical puse una composición de una persona conocida de aquellos años.

Y ahora que lo estoy viendo, descubro algo curioso: algunas de esas personas siguen formando parte de mi entorno y otras ya no.

Y eso, de alguna manera, también es una muestra de que la vida está hecha de cambios. Algunos son para bien, otros no tanto, pero todos, de una u otra manera, nos ayudan a crecer en este camino.

Un blog que, sin querer, habla de mí

En conclusión, si bien mi blog no tiene una línea definida de escribir un diario sobre lo que vivo, sí puedo decirles que mucho de lo que he compartido tiene que ver conmigo: con lo que me llama la atención, con lo que de repente me gusta escuchar, con cosas que me gusta hacer a manera de experimento cuando tengo tiempo libre.

Como fue el caso de “mi primer video”.

Creo que ya no volví a hacer otro, porque, de verdad, hacer un video requiere tener mucho tiempo libre y paciencia… dos cosas que no siempre tengo.

Y acabo de descubrir que hice un último intento por escribir en enero de este año.

¡Puff!

Pero entre el cierre de 2025 y los primeros tres meses de 2026, mi vida se volvió todo un caos.

Digamos que, de unos años para acá, han sido cambios muy fuertes, duelos que apenas voy procesando cuando llega otra pérdida. Y de eso ya les estaré escribiendo: de las pérdidas y de cómo llegan a dar esos ramalazos en la vida.

Vamos por otro intento

Así que aquí vamos por otro intento más.

Quizás esta vez sí pueda hacerme de una disciplina para escribir. Estaba pensando que, cada vez que tenga que permanecer en el comedor de mi casa, en lugar de estar scrolleando en TikTok, podría ponerme a escribir.

En una de esas publico cada ocho días.

Y habrá veces, por qué no, que deje en paz al blog.

Pero solo el tiempo lo dirá.

Hasta aquí veremos cómo funciona este nuevo experimento. Esta vez tendré mi propio corrector de estilo: la IA.

Otro tema controversial… pero de eso ya platicaremos en otra ocasión.

Y cerraré este post diciendo:

“¡A darle, que es mole de olla!”


Amadis

martes, 13 de enero de 2026

Segundo intento




Pues vamos a ver si ahora sí es chicle y pega.

Estoy revisando mi blog, teniéndolo rondando en la cabeza y diciéndome: esto debería compartirlo, aunque sea solo por dejar huella en el mundo virtual. Pero nada… los tiempos me comen. Y cuando revisé la fecha de mi última publicación, lo único que pensé fue: ¡imposible que tuvieras tiempo!


Al ver la cronología y las estadísticas de mis posts, confirmé que mi producción para escribir fue lenta… o de plano inexistente. Y es que, siendo honesta, escribir no es mi fuerte. Me cuesta, y además la cantinfleada se me da natural. Pero bueno, ¿qué pasó entre 2018 y 2022, que fue cuando hice algunos tímidos asomos por este espacio? Pues pasaron bastantes cosas.

Entre las más relevantes está que decidí darme otra oportunidad en pareja. Ella es de Chihuahua y 20 años menor que yo… ok, no me juzguen, ella me convenció jajajajaja.

Después, mientras nos acoplábamos y aprendíamos a vivir juntas, llegó a mi vida mi primera mascota: Gino. De él les hablaré en otra ocasión. Y luego pasó algo que nos cambió la vida a muchxs. En 2019, cuando ya nos preparábamos para salir de vacaciones de Semana Santa, comenzó a hablarse de un virus que tenía en alerta al mundo: el COVID-19. Algunos compañeros decían que seguro, regresando de vacaciones, nadie se acordaría de eso… pero ¡zaz!

Mi hermano ya me había dado las primeras indicaciones: llenar la despensa, evitar en lo posible salir de casa, usar cubrebocas. Por cierto, al principio lxs vecinxs del edificio nos veían como bichos raros, porque fuimos de las primeras en salir siempre con cubrebocas del departamento.

Creo que esa época fue todo un reto, no solo por el cuidado para no contagiarnos, sino por enfrentar muchos temas emocionales pendientes que nos esperaban en casa. Pero eso ya se los platicaré en otra ocasión.

Por ahora hasta aquí lo dejo. Serán escritos breves, solo para tener un espacio donde practicar algo que, como dije al inicio, se me dificulta: la escritura.

Según mi registro en Blogger, tengo cero seguidores, así que seguramente por un buen tiempo le estaré hablando al aire.

Cuídense y que tengan un excelente día.

Amadis Cello